Mentalidad · 19 de agosto de 2026

Que lo hayamos aprendido así no significa que tenga que seguir siendo así

«Mi abuelo quiere estar con ellos y conmigo no.»

Andrea Corbalán

El otro día estábamos de camping con unos amigos.

Habíamos conseguido ese pequeño milagro que ocurre de vez en cuando:
Los niños estaban tranquilos.

Alguno medio dormido.

Nadie gritaba "mamáááá".

Y pudimos tener una de esas sobremesas de adultos que empiezan hablando de una cosa y terminan removiendo media infancia.

Mi amiga me contó algo que no sabía.
Su abuelo era cazador.

Y en su casa había una idea muy clara:

La caza era cosa de hombres.

Los hombres salían a cazar.

Las mujeres se quedaban en casa y en la cocina.

Así que su primo Andrés compartía tiempo con el abuelo.
Ella no.

Después nació otro primo, David.

Y volvió a ocurrir.

Ella era pequeña y no entendía de roles de género ni de cómo había sido educado su abuelo.

Solo entendía una cosa:

"Mi abuelo quiere estar con ellos y conmigo no."

A día de hoy entiende que no tenía que ver con ella,
pero la historia se le quedó dentro.

Mientras me la contaba pensé:
Qué fácil es decir:

"Bueno, eran otros tiempos."

Claro que eran otros tiempos.

Precisamente.

Nuestros abuelos fueron educados de una manera.

Nuestros padres de otra.

Nosotros de otra.

Y nuestros hijos están creciendo en otra completamente diferente.

Ahora mete a todas esas generaciones dentro de una empresa.

Y añade experiencias, educación, valores y creencias diferentes.

Ya tenemos el cóctel.

Todavía existen comentarios sobre cómo viste alguien.
Sobre un tatuaje.

Un piercing.

Una mujer que ocupa determinada posición.

Un hombre que decide reducir su jornada para cuidar a sus hijos.

O sobre quién debería hacer determinadas cosas simplemente por ser hombre o mujer.

Y no, no siempre hay una mala persona detrás.
A veces hay una creencia que nunca nos hemos parado a cuestionar.

Ahí es donde entiendo mucho mejor el sentido de determinadas formaciones obligatorias.

¿Me gustaría que no fuera necesario obligarnos?
Por supuesto.

Pero si todavía no tenemos un criterio común, quizá necesitemos sentarnos y construirlo.

Porque en una empresa debería importar si haces bien tu trabajo.

Si respetas a los demás.

Si aportas.

Si cumples.

Si ayudas a que el equipo funcione.

No si eres hombre o mujer.
No a quién quieres.

No cómo decides vestir.

No si llevas un piercing.

Y tampoco debería hacer falta que algo nos ocurra a nosotros para entenderlo.

Porque quizá nunca te hayas sentido discriminado.
Perfecto.

Pero mañana podría ocurrirle a tu hija.

A tu hijo.

A tu hermana.

A un compañero.

Y ese día agradecerás que trabaje en una empresa que haya dejado claro cuáles son los mínimos que todos deben respetar.

Sí, determinadas formaciones son obligatorias.
Es lo que hay.

Pero ya que tenemos que hacerlas, podemos elegir la actitud.

Hacer clic, conseguir un certificado y olvidarnos.
O aprovechar ese rato para cuestionarnos alguna cosa que quizá llevamos demasiados años dando por normal.

Porque lo aprendimos así.

Pero no estamos obligados a seguir haciéndolo así.

¿Cuál eliges para tu empresa?

Estos los mando por correo antes que a ningún sitio. Apúntate y te llegan a ti.

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